top of page

Clark Kent, el dueño de la Kryptonita.-

Actualizado: 3 jun

El periodismo está bajo fuego, la hoguera de lanzallamas verbales que lo incriminan, que lo desestiman y que lo agravian, hierve ígnea de pasiones antinoticiosas.


Lo revulsivo del periodismo es su hermandad con la información.


Es una fraternidad profesional con los datos, con los hechos desnudos de prejuicios, con lo que ocurrió y no lo que imaginamos que ocurrió.


El periodismo real es la Kryptonita que funciona demoliendo a la propaganda y la demagogia.


Pero se terminó la era de Superman. Porque Superman era periodista, era Clark Kent, el yo profundo de Superman.


Ya no somos de acero, y esos fueros de credibilidad fueron bombardeados por los que padecen ataque de pánico ante la kriptonita que no viene de Krypton, el planeta de nacimiento de Superman.


Pero Superman ha muerto.


Sin embargo, viven los periodistas falibles, humanos, inseguros pero honestos.


Si Superman ha muerto, Clark Kent vive.


Clark busca comprobar, indagar datos, explora los hechos desnudos y es cuando los encuentra, cuando aterra a los villanos descubiertos.


El periodista no decreta la realidad: la verifica. Su autoridad no proviene de su voluntad, sino de su articulación a un orden instalado  por encima de él.



El poder del periodista nace de su poder de comprobación. De la energía de la evidencia. De la potencia del hecho.


El antiperiodismo busca  el reino de lo arbitrario. No impera  el hecho sino el deseo. No importa lo que sucedió, sino lo que el deseo necesita creer que  sucedió.


El orden, o el desorden de lo imaginario.


No hay hechos, hay deseos. No ocurre lo que ocurre sino lo que deseamos o lo que fabulamos que ocurre.


La Noticia Deseada.



Impera así la “realidad” reescrita según la conveniencia.


Entre la noticia y la noticia deseada hay una guerra. Y esa guerra explica las agresiones.


Las agresiones operan como el instrumento mediante el cual el orden de la voluntad de poder que intenta someter al orden de la razón. Cada agresión es un intento de reemplazar la lógica de lo verificable por la arbitrariedad de quien manda.



Las agresiones tienen tres rostros, y conviene distinguirlos.


Clark sufre en tres dimensiones.



El primero es el rostro físico de la agresión. El golpe, la amenaza, el periodista corrido a empujones, la cámara rota. Es la forma más antigua y la más burda. Busca el miedo. Busca que el cuerpo recuerde lo que la mente podría olvidar: que informar tiene un costo.



El segundo rostro es discursivo. Es el uso del arquetipo generalista. El periodista convertido en enemigo, en "ensobrado", en operador, en militante disfrazado. Aquí la agresión no toca el cuerpo: toca la credibilidad. Si se logra que el público dude de todo periodista por igual, entonces ningún hecho que el periodismo revele tendrá ya peso. La verdad y la mentira quedan igualadas en la sospecha generalizada. Es el triunfo de la confusión, que es el clima ideal de lo arbitrario.



El tercer rostro es el institucional, y es el más sofisticado. No grita ni golpea. Cierra. Desfinancia. Veta. Clausura la sala de prensa. Retira un pliego judicial porque la candidata es cuñada de un periodista incómodo. Aquí la agresión se viste de procedimiento. Aprende a ser prolija. Y por eso es la más difícil de denunciar: no deja moretones, deja vacíos.



El vacío es la propiedad del autoritarismo.


Pero los hechos son perseverantes, y tarde o temprano, se revelan, y se rebelan.

Miguel Wiñazki.-

Comentarios


bottom of page